Blogia

das Mystische 2.1

Pato-conejo

Pato-conejo

A medida que penetro, una y otra vez, en el acertijo de la figura ambigua, acabo ganando y perdiendo algo. Cuando miro detenidamente al conejo, ¿dónde parece esconderse el pato? Y a la inversa: cuando miro fijamente al pato, ¿dónde termina desapareciendo el conejo? "Vistas" así las cosas, y estando de acuerdo con aquellos que indican que Wittgenstein no da una explicación completa de aquello en lo que consiste interpretar imágenes, juego con la propia inexperiencia (o con la propia incapacidad, llegado el caso) y observo los fenómenos de la percepción, de la interpretación de imágenes y de la interpretación de los signos lingüisticos. Las posibilidades de novedad, en principio, parecen oportunamente descartadas. Comenzando por el final añado, iluminado por el aforismo kantiano, que "el ojo inocente es ciego y la mente virgen huera". Del mismo modo, y aprovechando del todo la cita, concluyo con Goodman que "los mitos del ojo inocente y del dato absoluto son cómplices terribles” y que "tanto la captación como la interpretación no son operaciones separables; son completamente interdependientes". Wittgenstein toma la figura del pato-conejo del psicólogo J. Jastrow, pero las cuestiones que desarrolla a partir de ésta y otras imágenes parecen sugerir un abanico más amplio de posibilidades. Si bien cabe interpretar una base intencional en la diferenciación entre "ver" y "ver como" (entre la percepción y "la percepción como") el juego no indica al final la solución completa al acertijo. Escribe Wittgenstein en las Observaciones Filosóficas: "el 'ver como…' no pertenece a la percepción. Y por esto es como ver en un sentido y en otro no lo es". Estamos entonces a mitad de camino entre la percepción y el pensamiento, entre lo visto y lo apenas sugerido, entre la incapacidad y la propia inexperiencia. Y puedo añadir, además, sin riesgo alguno a equivocarme, que en todo esto he avanzado muy poco. "Ver una cosa como otra" es una descripción bastante acertada de aquello en lo que consiste interpretar imágenes, pero el conejo continua extraviado en poder del pato y el pato extraviado en poder del conejo. Jacques Bouveresse, por su parte, intenta poner algo de luz entre mis sombras con una oportuna interpretación del Wittgenstein de las Observaciones Filosóficas: "es imposible establecer una distinción precisa entre 'ver' e 'interpretar' –escribe Bouveresse-, 'ver' y 'conocer', 'ver' y 'pensar', 'ver' y 'juzgar', etc.(…) La pregunta filosófica tradicional ha sido aquí saber si el hecho de 'ver como…' pone de manifiesto Erlebnis (vivencia) visual o, por el contrario, pensamiento". Sin olvidar que las Observaciones fueron escritas entre 1945 y 1949, y que mucho ha avanzado la ciencia desde entonces, no está de más recuperar la palabra terapéutica de Wittgenstein: "algunas cosas del ver nos parecen enigmáticas, porque el ver en su integridad no nos parece lo bastante enigmático". Si consigo tener al pato cogido por el cuello, se me escapa el conejo. Y si atrapo al conejo, hace lo propio el pato. "Ver significativamente" me extravía así por regiones donde la exploración aconseja la presencia permanente de un especialista. Al final del camino, Jean-Pierre Changeux me invita a entrar en una ciudad de arquitecturas neuronales desconocidas, de memoria, darwinismo mental y "memes" culturales, dándome a entender que allí, entre unidades de réplica, puede andar escondido mi querido pato-conejo. Aunque quizá, me digo, todo sea mucho más sencillo y baste con buscar en la chistera del mago de guardia, de ese mago genial e imprescindible que siempre nos sorprende con un inesperado pato-conejo.

La energía del conocer

La energía del conocer

Jayr Peny, Menino e pião.


Es perfecto: tengo que darle un nombre a todo esto o no podré jamás explicarlo. Con la llegada del verano la figura del niño de Heráclito, jugando en la arena el juego de todos los juegos, se vuelve tan enorme que apenas si deja espacio para otras imágenes. Por eso Vico, dispuesto a imaginarlo todo desde la sabiduría poética, encuentra el fundamento de la relación hombre-mundo (y, por tanto, la comprensión de lo real), a través de medios no reflexivos, es decir, a través de la verdad poética. "Los primeros pueblos –imagina Vico-, que fueron los niños del género humano, fundaron el mundo del arte; después los filósofos, que vinieron mucho después, y que son los viejos de la naciones, fundaron las ciencias, con lo cual la humanidad se completa del todo". En ese mundo de juegos y transformaciones, en esa construcción permanente, uno puede caer de un lado (del lado del arte, por ejemplo) o bien caer del otro (del lado de la ciencia), siendo también posible habitar alternativamente en ambos espacios. La razón por la que uno puede sentir la tentación y recorrer cierto camino tiene entonces aliento de serpiente y un fondo que, a primera vista, carece de todo significado. No obstante, hasta llegar a Hume, Mill, Russel o Ayer, y a la idea de "creencia verdadera acompañada de justificación", uno puede detenerse oportunamente en Platón y observar con él que el conocimiento implica y conlleva necesariamente verdad y jamás yerra. Otras cuestiones se plantearán más adelante cuando, abandonando a Platón y dejando atrás a Hume, Mill, Russell o Ayer, descubramos que los viejos de las naciones, los filósofos, no han descansado en ningún momento, y que las diversas opciones para llegar a la verdad a través del conocimiento, o al conocimiento a través de la verdad, son tan numerosas como originales y extrañas. El outsider, ahora, tiene ante sus ojos un menú tan variado y complejo que sólo su relación detallada en un pequeño índice ya provoca el vértigo. Teorías monistas de la verdad, Teorías fisicalistas, Teorías esencialistas, Teorías subjetivistas empíricas, Teorías subjetivistas trascendentales, Teorías lingüísticas prescriptivas, Teorías lingüísticas descriptivas, Teorías relacionales, Teorías objetuales, Teorías adecuacionistas, Teorías de la verdad como correspondencia, Teorías sociologistas y pragmatistas, Teorías de la verdad como función expresiva, Teorías de la verdad como coherencia sintáctica, Teorías constructivistas de la verdad, etcétera. Todo para llegar hasta Putnam, a ciertas horas de la noche, y enterarse de muy mala gana que la metafísica y la epistemología son ya historia concluida (¡ahora, justo ahora que empezaba a interesarme!), aunque eso no significa que la filosofía haya muerto. Después de todo el viaje la descripción verdadera del mundo resulta del todo imposible y sólo cabe refugiarse –ahora, como entonces, como siempre- en la verdad poética. "A veces –escribe Peter Handke- la inmensa sed de conocimientos, sí, una energía del conocer: pero sin que haya entonces algo que conocer; tan sólo niños que corren en la calle (tal vez no haya conocimiento alguno, pero sí la energía del conocer)".

Música

Música

¿Y la música? ¿Por qué en este blog nunca se habla de música? Cuenta Salvador Rubio Marco, en su excelente El Ruido de la Maquinaria (Wittgenstein y la Música), cómo el filósofo austriaco, durante la escritura de las Investigaciones Filosóficas, llegó a manifestar con cierta amargura a su amigo Drury que difícilmente podría ser comprendido si no había conseguido mostrar en sus escritos la influencia capital de la música en su vida. “Me resulta imposible –comentaba Wittgenstein- decir en el libro una palabra acerca de lo que la música ha significado en mi vida. ¿Cómo puedo esperar entonces ser comprendido?”


Hace unos días, desde el cuaderno de Otis. B. Driftwood, fui invitado a participar en un test donde se comentaban cuestiones periféricas relacionadas de algún modo con el mundo de la música: tamaño total de los archivos de música en el ordenador, último disco comprado, cinco canciones con significado especial, etcétera. En principio no dudé en participar, como en otras ocasiones, en este curioso test que me proponía el amigo Otis, anunciando desde un comentario que pensaba preparar con tiempo la respuesta, y rogando a todo el mundo algo de paciencia (por cierto, con un “permanezcan atentos a sus pantallas”). Sin embargo, la respuesta a la invitación nunca se formalizó, y en esta ocasión no fue por causa de pereza o de falta de tiempo. Aunque, por lo que a mí respecta, la línea de la música (de la música popular al menos) no presenta ningún tipo de complicación o secreto (una línea recta que une a los Beatles con Kraftwerk, pasando antes por el Rock Progresivo, las “hornadas irritantes” o Leonard Cohen), una sensación de que algo superior a todo lo planteado en el test me inmovilizaba e impedía acometer respuestas se hizo dueña de la situación, y el test quedó postergado justo hasta este preciso momento. Sí, la música está muy presente en todo lo que hago (en todo lo que escribo), pero he de reconocer que, desde hace ya algún tiempo (¡y este es el verdadero problema!), no encuentro el mismo placer que antes cuando escucho música. Por otra parte, el responder a cuestiones relacionadas con "música con algún significado especial" no deja de tener cierto riesgo: por cada canción revisitada uno vuelve a encontrarse con aquél que fue en el pasado, y puedo asegurarles que esto no resulta excesivamente divertido. Un viejo vinilo de los Beatles, recién traído de Inglaterra, cerró mi paso por la década de los 60 (¿o fue, acaso, algún tiempo después?), y los 70 se abrieron con canciones simples y comprometidas y se cerraron con rock macarra, canalla y urbano. Los 80, en cambio, explotaron en una movida colectiva de ritmos provocativos y analfabetos, en una barahúnda militante de gestos nihilistas y modas estúpidas. Los 90 se hundieron en la más absoluta de las insignificancias: un día, por fin, decidí vender todos mis discos (más de 500) y empecé a escuchar música clásica. Comencé el siglo XXI escuchando la música clásica del siglo XX, y llegué hasta Bartok, Webern y Berg, Ligeti y Schnittke; a veces, me espantaba al oír aquella música extraña. A propósito de la música clásica del siglo XX, y del desconocimiento de la misma por parte del público interesado en las artes del siglo XX, Félix de Azúa escribía justo por aquellas fechas: “Cuál es la causa de tal sordera universal? ¿Qué están diciendo los músicos con su música que tanto espanta oírlo?” Azúa concluía que sólo la sospecha de que fueran esos músicos quienes estuvieran diciendo la verdad (una verdad, por otra parte, que nadie quería oír), ya hacía que valiera la pena escucharles. Ahora bien, ¿estaba uno dispuesto a estar escuchando en todo momento “la verdad”? ¿Era posible pasarse un día sí y otro también escuchando en toda su potencia a "la verdad"? Como en la percepción de Wittgenstein, en un momento dado, a mí manera, supe que estaba escuchando "el ruido de la maquinaria" y, desde entonces, aún no he resuelto el problema. ¿Tiene sentido ahora, por todo ello, seguir hablando de música?


Robert Zatorre, neurofisiólogo musical de la Universidad McGill de Montreal, comentaba en una entrevista reciente que la mayor plasticidad cerebral se da en la niñez y después va disminuyendo poco a poco, cayendo de forma importante a partir de los 12 años. A partir de esa edad –afirmaba Zatorre- el aprendizaje no resulta imposible, pero sí mucho más difícil. El cerebro se va adaptando menos a los cambios motores requeridos, ya que es en las primeras fases del desarrollo cuando aprendemos lo esencial para sobrevivir. Zatorre contaba todo esto referido, eso sí, al aprendizaje, pero yo, leyéndolo, no pude dejar de pensar que quizá los estudios en neurofisiología podrían ayudar a recuperar también el gusto por la música. Al parecer, comprendiendo cómo funcionan ciertos mecanismos neuronales se podría cambiar el sistema natural e inducir mayor plasticidad cerebral bajo ciertas circunstancias. “Se podría modificar –concluía Zatorre- la estimulación de ciertas regiones del cerebro mediante fármacos o radiación magnética. Tras un infarto cerebral, no siempre la zona sana compensa las funciones de la dañada. Si se pudieran reducir esos impulsos o actuar farmacológicamente para alterar el balance químico que no permite la plasticidad, se podría entrenar al paciente para recuperar las zonas dañadas. ¿Cómo? Con movimientos repetitivos como los que efectúa un violinista con los dedos.”


En el fondo, me gustaría recuperar un poco de flexibilidad cerebral, la inocencia y el asombro de un niño. Me pongo en manos de la ciencia (¡Eureka!) mientras espero en silencio, como le hubiera gustado a Wittgenstein, la llegada de lo más próximo al silencio, es decir, la llegada de la música.


BOLA EXTRA: 5 canciones (entre docenas de ellas) verdaderamente "especiales".
1ª Blackbird, de The Beatles, del Álbum Blanco, 1968.
2ª Trio, de King Crimson, del Álbum Starless and Bible Black, 1974.
3ª Because the Night, de Patti Smith, del Álbum Easter, 1978.
4ª Stay Free, de The Clash, del Álbum Give ‘Em Enough Rope, 1978.
5ª Quiero estar mejor, de Nacha Pop, del Álbum Buena Disposición, 1982.

Sócrates not dead

Sócrates not dead

Sábado 23; 12’00 horas. A las puertas mismas de Medina del Campo, bajo un sol de justicia, me entero de que al abuelo Einstein también le gustaban los trenes del ferrocarril:


“También a él de niño –escribe Agustín- lo habían dejado encantado no sólo los ríos, sino los trenes del ferrocarril, y siguió por siempre aprendiendo de los raíles y del paso del mundo por la ventanilla el contrasentido del movimiento de las cosas: sentía él corriendo atrás los campos, postes, casas, corriendo la tierra al contrario del tren que corría hacia su destino y, cuanto más aumentaba la velocidad del tren, más de prisa corría la tierra a perderse por lo bajo.”


Entre trenes y raíles, me entero también de que mi tren finaliza su recorrido en Valladolid, a orillas del Pisuerga, pero que, en cambio, el tren de Agustín es el ferrocarril de Astorga a Plasencia-Empalme, la línea de Gijón hasta Sevilla o Cádiz, pasando por Valdunciel (allí, la tía Nati y el tío Guillermo), traqueteando de Zamora a Salamanca, o luego hasta Plasencia –cuenta Agustín- y vuelta. Porqué se ha colado Agustín en mi equipaje resulta toda una incógnita, algo inesperado que altera los planes y acecha en las lecturas, un virus informático que ataca la dirección de todos los recorridos, aunque ya parece tarde para buscarle un antídoto. En la edición electrónica de El País Andalucía, del 13-04-2000, hay pruebas evidentes de la peligrosidad del virus: cuenta A. R. Almodovar que Agustín fue el último procesado por la Inquisición sevillana, en el año 62 del siglo pasado, y todo ello simplemente por poner en duda, en un seminario de latín, la sacrosanta virginidad de María. Y es que Agustín y la Realidad nunca se han llevado demasiado bien y la Realidad, en cuanto te descuidas, tiene estas cosas. La Realidad, por ejemplo, puede presentarse ante uno como Tribunal Eclesiástico, como Pleno del Ayuntamiento o como Museo de Arte Contemporáneo, y es entonces cuando el virus de Agustín ataca con más fuerza contaminándolo todo, haciendo de lo habitual algo sospechoso y maligno, el objeto socrático de sus críticas, el sentido de un diálogo que no deja títere con cabeza.


Horas más tarde, en el patio herreriano, intento apoyarme en las muletas teóricas de siempre cuando a Irene, de repente, le da un ataque de sentido común y comienzan a venirse abajo los materiales llamados “conceptuales”, los supuestos trabajos sobre lo efímero, los también llamados “materiales pobres”. Éstas y otras “obras de arte” son señaladas por el dedo acusador de un sentido común que nace desde afuera, al otro lado de la orilla, y Agustín acude en nuestra ayuda cargado de piedras antiguas, agazapado en el fondo del equipaje, creador de un diálogo transgresor (La estafa de las artes) que deja en nuestro paladar un sabor a pan candeal y aceite:


-Tan ilustres y alabados esos cuadros y esculturas de artistazos que se venden a precios astronómicos, y que a mí no me sirvan más que para aburrirme, sin confesarlo, y para decir que he ido, que he estado, y hasta poner cara de entendida y de estar al tanto.
-Pues claro: para eso es para lo que sirven; bueno, y de paso, sí, hacer mucho ruido, mover mucho dinero y mucho nombre, que es de lo que se trata.
-Pero, Tuco, ¿cómo vas a decir que están equivocados todos los entendidos y los que organizan todo eso?, y que te esplican el significado de esos alambres y manchas y grumos de argamasa, y que inauguran una nueva era o revolución de algo. No puede ser: será que yo me he quedado atrás, que no siento, que no entiendo...
-¡Eh, Felisa, alto!, no insultes a ese corazoncito, tan inteligente. ¿No recuerdas lo que decía aquél, “Si a usté le parece una mierda pinchá en un palo, es que es una mierda pinchá en un palo”? Hay que tomar aliento, niña, y ser valientes frente a todo ese armamento de mentiras.


Los 6 minutos del Kingkon de Iván Zulueta, en proyección continua de super 8, nos devolverán a la pequeña realidad de las imágenes, pero no evitarán que, a pesar de ellas, nos aticemos con una vara cargada de preguntas ¿Y si todo fuera como lo “explica” Agustín? ¿Y si todo fuera así de sencillo y así de definitivo?


Más tarde, lejos ya del Museo, me decido a comprar el diario y a asomarme a la ventana de la Actualidad, sin caer en la cuenta de que la Actualidad, aquí en el verano, es como un incendio dramático de sucesos archivados. Los 88 muertos de Sharm el Sheij nos fuerzan de nuevo a hablar de cosas que preferiríamos evitar, y entonces le cuento a Irene que Agustín, cuando lo de las manifestaciones contra la guerra de Irak, había sido terriblemente crítico (”¿Y a eso le llaman guerra?”, repetía indignado. ”Al decir ‘No a la guerra’ se pone uno del lado del Poder”, repetía una y otra vez), e Irene no lo entiende, esta vez no entiende a Agustín y a mí me cuesta mucho explicárselo (no, no es que yo esté de acuerdo, le digo, tan sólo intento explicarlo), y prefiero finalmente que sea el mismo Agustín el que se explique:


-¿Por qué era tan aburrido decirle NO a la guerra?
-Porque era mentira, críos.
-¿Cómo?
-Que no era más que una amenaza de guerra, tontuelos, una guerra futura, inminente, mañana, pasado, el otro, un juego imbécil con que os han tenido entretenidos año y medio.
-Pero, bueno, mamá, el caso es que la guerra ya ha llegado.
-¿Qué coños va a llegar, Sibila, si no había nada que llegar? ¿No sabes tú que el futuro nunca llega?
-Ya: porque, si llega, deja de ser futuro.
-Y ya no sirve para lo que servía, ¿no?
-Hacernos creer que iba a pasar algo.
-Eso. Y, por tanto, ese cuento de que pasa algo tienen que seguir estirándolo a futuro, día tras día, hasta que se agote. ¿Cómo van a quedarse los Medios de Información sin su gran negocio, cómo van a dejar los Poderes de tener pendiente el mundo de lo que va a pasar, para que no se entere de lo que está pasando?
-Pero, madre, y ¿cuál es la guerra de verdad? -La guerra de verdad es ésta, la de siempre: la guerra de la gente contra todos esos manejos y mentiras con que tratan de entretenerla, contra el Poder y los negocios del Capital y los Medios.


Un par de días después será John le Carré quien repita lo mismo con palabras distintas: ”no creo que exista un centro secreto –dirá el inglés-, sino que detrás de la última puerta está el vacío.”


Si la finalidad de la filosofía de Wittgenstein es la “claridad” (aufklären en el primer Wittgenstein, y aufleuchten en el segundo), la “claridad”, en Agustín, es un proceso dirigido al “desconocimiento”; pero ese proceso hacia atrás, de nacimiento sin fin, no parece el más apropiado para este mundo vertiginoso cargado de complejidades. Si todo fuera como lo “explica” Agustín (así de sencillo, así de definitivo) deberíamos mudar hasta el aliento, deshacer el equipaje y reformar la casa –y aun así tampoco estaríamos a salvo.


De nuevo en el tren, ya de vuelta, pregunto por el abuelo Einstein y Agustín me explica que también existen los físicos honrados que llevados por la propia pasión de la investigación descubren las grietas de la realidad, los fallos en la realidad misma. Pero, ¡cuidado!:


“La vocación de la ciencia –advierte Agustín- es servir al señor, como siempre lo ha sido, es decir renovar la fe en la realidad, volver a hacer creer que se sabe qué es eso de la realidad. Eso es servir al poder, servir al señor”


¡Ojo con los Quanta!, señala Agustín, y aconseja:


”reíos, si podéis, de las últimas locuras de la Física o Ciencia de la Realidad más avanzada, la de los Quanta, que se empeña en casarse con la Relatividad General que el genio del pasado siglo nos legara; por ejemplo, el intento, viejo desde Demócrito y Epicuro por lo menos, de buscarle a este mundo, aparentemente tan desordenado, una ley o regularidad por remisión a los elementos mínimos, que por combinación darían en las vastas irregularidades y complejidad de la realidad palpable, mientras ellos tendrían estructuras y leyes simples y matemáticas, ha progresado hasta nuestros días en el sentido de trascender, de la observación más o menos indirecta de los elementos subatómicos, a la prosecución del cálculo más allá, hasta dar en tiritas o culebrillas que serían trillones y trillones de veces más pequeñas que un átomo de hidrógeno, inasequibles a toda observación (al cálculo no hay quien le ponga límites: para eso ha incluido lo de ’infinito’ en su aparato), pero que servirían para superar el dilema de pensar el elemento o como onda o como partícula, y así hallarían (es, al fin, de lo que se trata) el punto de conexión entre razón matemática y realidad física.”


De vuelta a casa, sorteando a la muerte (la muerte en que te obligan a creer, la que de verdad te destruye), es desde fuera del tren que observamos, con Agustín y con Einstein, que es el tren en realidad el que se mueve y no hacia atrás los campos, postes y casas; cada cual su realidad –que dirá el sabio abuelo- mientras resulta tan verdadera una visión y la contraria, o las dos conjuntamente, o –al final- ninguna de ellas. Al paso por Medina los campos aparecen amarillos o surgidos de un corte artificial en una proyección de super 8; con una polaroid, me digo, estos campos serían de neón. Tampoco en el vagón las cosas parecen más "reales". La realidad –que diría Agustín- no se puede explicar por sí misma, a partir de ella misma; pero el sentido común nos sugiere que viajamos en tren fecundando la tierra, “desconociendo” en el viejo raíl de los sueños, naciendo hacia atrás camino del arte, la muerte y el movimiento.

Houston, tenemos un problema

Houston, tenemos un problema

Un Suricato (o un Suricata suricata) es una especie de mangosta de constitución pequeña y hocico afilado, con un pelaje largo y suave y el dorso cubierto de manchas pardo oscuras. Distribuidos en sabanas herbáceas y arbustivas de África del sudoeste y Sudáfrica, viven en madrigueras y suelen permanecer en grupos encima de los termiteros o a la entrada de sus propias madrigueras, tomando el sol. Son animales extremadamente curiosos y adoptan una posición muy característica que se me ha venido a la memoria cuando trataba de imaginarme a un vigía intentando avisar a la comunidad de los signos o señales de un peligro: levantando el cuerpo sobre sus patas posteriores, observan sin perder detalle lo que pasa a su alrededor. Se trata sin duda de la curiosidad de un animal de carácter dócil y cariñoso, pero también del instinto que informa de los gestos debidos que aseguran la supervivencia.


¿Han avistado nuestros vigías oportunamente las señales del peligro? ¿Hacen un análisis apropiado de las mismas? ¿Podremos sentirnos seguros en el futuro, nosotros y nuestros hijos, es decir, adoptan los responsables de los vigías las decisiones correctas tanto en nuestra propia casa como en las casas vecinas?


Pensar que la izquierda (o lo que diablos sea) entretiene su tiempo únicamente en el chiste máximo, en el “hambre de Kabul” como sonrisa del régimen, es pensar muy poco; literariamente el nivel es alto, muy alto, pero tan sólo se acaba retratando a una parte del cuadro. Pensar que los responsables de los vigías no conocen los análisis y las recomendaciones de éstos es ir demasiado lejos. Otra cosa bien distinta es que la solución al problema no resulte sencilla, o que los responsables de los vigías acaben adoptando decisiones que no se corresponden con las necesidades; pero, tarde o temprano, nos guste o no nos guste, también en esto será necesario el consenso.


Un ejemplo entre muchos: ¿desde cuándo llegan las señales de humo que envían mentes nada perezosas desde el programa de gobierno global de la London School of Economics? Podría citar a Mary Kaldor, incluso a Anthony Giddens. ¿Conoce Tony Blair estos análisis sencillos? Bien, quizá nuestra izquierda, o lo que sea, todavía no los conoce (cosa que también me extraña), pero Tony, tan cerca...


”Las nuevas formas organizativas del terrorismo se parecen más a una red, mientras que las de los grupos terroristas clásicos eran jerárquicas y se basaban en células secretas fuertemente entretejidas. Hoy, las organizaciones militantes consisten en asociaciones horizontales dispersas, unidas por una ideología común pero compuestas por una variedad de grupos, células, instituciones religiosas, ONG y organizaciones benéficas, e incluso particulares.”


¿Les suena?


”Dentro de la red, las diferentes unidades funcionan de manera más bien autónoma, financiadas por una combinación de grupos de apoyo transnacionales y delincuencia organizada. Aprovechan la infraestructura de la globalización: páginas de Internet, cintas de vídeo, sistemas bancarios transnacionales y teléfonos móviles.”


Les suena, ¿verdad?


O también, si lo prefieren, cosas como estas:


”La globalización -entendiendo por ella la creciente interdependencia de la sociedad mundial- se ve impulsada básicamente por el avance de las comunicaciones electrónicas instantáneas y la circulación de bienes, servicios y personas; aparte de sus aspectos económicos, es un fenómeno político y cultural. El new-style terrorism da cuenta de estas innovaciones en tanto que, a la par, se vale de ellas para sus fines”. “Las organizaciones del tipo de Al Qaeda y las ONG funcionan de manera mínimamente centralizada. Poseen redes flexibles, poco trabadas, inspiradas por una misión que cohesiona las actividades de grupos y células muy distintos en todo el mundo que tienden a proceder de manera semiautónoma. Ambas clases o tipos de organizaciones emplean modernas tecnologías para coordinar sus esfuerzos y difundir su mensaje. Disponen de sedes propias en casa que, no obstante, pueden cambiar y evolucionar en cualquier momento. Las bases interiores de grupos y organizaciones de new-style terrorism se hallan situadas en estados en crisis o en decadencia, aun cuando pueden recibir ayuda o respaldo secreto de gobiernos que sintonizan con sus objetivos.” “La capacidad organizativa -que se beneficia de los actuales sistemas de comunicación y la rapidez de movimientos- permite organizarse efectivamente a distancia sin dejar de coordinar en todo momento las acciones terroristas.” “El advenimiento de Internet implica que quienquiera que disponga de la pericia, los conocimientos y los recursos necesarios se halla en condiciones de fabricar armas de elevado poder destructor.”


Etcétera, etcétera.


Las citas de Mary Kaldor y Anthony Giddens no abren demasiadas puertas, pero es bien cierto que tampoco las cierran. Mientras tanto (mientras espero algo, no sé bien qué) podemos pensar con Schopenhauer que es el conocimiento de la muerte, y con él la reflexión en torno al sufrimiento y a la miseria de la vida, lo que da el más fuerte impulso a la reflexión filosófica y a las explicaciones metafísicas del mundo; o bien observar, como Ian McEwan, que el poema de Auden se repite y que la tragedia de Ícaro al caer del cielo va acompañada de la vida que sencillamente se niega a ser interrumpida: “un campesino sigue arando, un barco continúa navegando tranquilamente, los perros prosiguen su labor perruna. El jueves en Londres –escribe McEwan-, donde las multitudes intentaban encontrar vías libres para atravesar la ciudad toqueteando nerviosamente sus teléfonos móviles, había muchas pruebas sobre la verdad de la revelación de Auden.”


La vida sigue, o no sigue, dependiendo de las circunstancias; los vigías, y los responsables de los vigías, continúan atareados en sus trabajos. El Suricato (o bien, si lo prefieren, el Suricata suricata) levanta el cuerpo sobre sus patas posteriores y observa sin perder detalle lo que pasa a su alrededor. De repente, ante la gravedad de lo que se viene encima, no duda en avisar a sus conciudadanos: “Houston, -exclama el Suricato- tenemos un problema (1)”.

___
(1) No es cierto que, al cierre de esta edición, tengamos únicamente un problema, dos, doce o doscientos; pero sí es cierto que tenemos, por encima de todo, un par de problemas de los de mear y no echar gota. Lean, sino, La España de Solana (Gutiérrez) y prueben después a escupir unas risas. Luego (si todavía pueden) me cuentan."

Laberintos

Laberintos

Al natural, (Pablo Picasso: cabeza de toro) enérgicos titanes irrumpen en la noche.


-Entonces viste el ganado y tiene buena cara, ¿no Julio? –pregunta uno de los protagonistas de La seguiriya sin cabeza o ahí en la cama está el maestro, de Fernando Quiñones.


-La tiene –contesta Julio.


Poco dado a los gestos heroicos ("dentro de todo gran arte –escribió Wittgenstein- hay un animal SALVAJE: domado"), aquello siempre me pareció una gran hazaña. Lo demás, es decir, lo que no resulta desvelado, lo dice o no lo dice el recuerdo; pero en estos días de toros rebotados, de toros resbalando borrachos, de toros decapitados, negros, canelas y colorados (de Rafael Alberti: del Puerto de Santa María a Salamanca), se me ha colado un gran toro en el recuerdo, a plena luz del día (la reses pasaban entonces por el centro del pueblo, escoltadas por jinetes mágicos), y sé que no se trata más que de un recuerdo (yo no tenía más que ocho o nueve años) y que queda lejos, muy lejos.


"La antropología y la historia de las religiones –escribe Fernando Savater en La tarea del héroe- sitúan los juegos taúricos entre los más destacados rituales de fertilidad de los pueblos mediterráneos: el malogrado Ángel Álvarez de Miranda estudió en detalle los avatares de ese toro nupcial al que el recién casado debía tocar con su capa para hacerse partícipe de su espléndida fuerza viril. El toro, que entonces probablemente ni siquiera era muerto en el transcurso del festejo, lejos de simbolizar la muerte y la ciega violencia destructiva de la naturaleza representaba la plenitud vital, expresada en el más alto poder genésico. El toro acudía al festejo no para quitar la vida al hombre, sino para darle más vida".


Quizás ahora, en estos tiempos mecánicos, se trata de toros imposibles (tan imposibles como el arte imposible del toreo), pero forman parte de mi propio laberinto y vuelvo a ellos siempre que puedo. Decapitados, toros negros, canelas y colorados...

Reacciones alérgicas

Hans Magnus Enzensberger, en La Poesía de la Ciencia:


La figura del idiot savant, del "científico como idiota", no es pensable sin su correlato, que seguramente es mucho más fácil de encontrar. El idiot lettré es una especie que prolifera entre especialistas en humanidades, artistas y escritores, y que quizá se sienta todavía mejor en su limitación que su imagen especular. Cada uno de nosotros, como se sabe, es extranjero en casi toda la Tierra, y asimismo cada cual es semianalfabeto o analfabeto completo en casi todos los ámbitos del saber. Ver esto es una cosa, otra distinta es ya estar orgulloso del estatus de ignorante. El investigador de Shakespeare que nunca ha leído una página de Darwin, el pintor a quien se le nubla la vista cuando se habla de números complejos, el psicoanalista que no sabe nada de los resultados de los investigadores de los insectos y el poeta que no puede escuchar a un neurólogo sin adormecerse: ¡he aquí figuras involuntariamente cómicas, no muy alejadas de la variante del entontecimiento de que uno mismo es culpable!

Hace unos días, en este mismo diario, yo escribía:

"Cada cual celebra la vida a su manera".

Ahora leo (y, de alguna manera, hago mío):

"Cada cual se vuelve idiota a su manera". Chacun devient idiot à sa façon.

Al parecer, cuenta Enzensberger, ésta era la máxima de Peter Esterházy, el vástago de una familia principesca que ilustró su propio aserto de una forma brillante haciéndose primero matemático, luego futbolista y al final de todo un famoso novelista.

Y es que, con la llegada de la primavera, no dejan de atacarnos las primeras reacciones alérgicas. Y en mí se reproducen con la lenta agonía de las lecturas.

Uno camina como puede, a ciegas pero camina.

Hoy, al pasear con mis hijos bajo la lluvia, he visto la altura superior del arco iris.

Alguien, en algún lugar inédito, andaba escribiendo un poema.

También he tomado champán a los postres.

He acariciado a la gata y he vuelto a abrir, como siempre, este diálogo.

Nada que no pueda curarse con esta herida maravillosa.

Seguiremos informando.

Plan de evasión

Plan de evasión

...

La llamada de Londres

La llamada de Londres

A veces, cierro los ojos, asustado, y vuelvo a pensar lo mismo: no soy yo quien viaja en este viaje hacia ninguna parte; no soy yo quien camina con los ojos cerrados, con los labios atrapados. ¿Cuántos años llevo, entonces, haciendo el mismo recorrido? ¿Cuántos años hace que no renuncio a esta amenaza? El nombre de la línea es también un color cualquiera y un número cualquiera, aleatorio y decisivo; pero las combinaciones del destino juegan a un juego de cartas marcadas que pasan por encima de las reglas y las normas del arte de la guerra. De repente, algo falla (en la línea y en el juego) y veo por fin mi rostro reflejado en el espejo. Del blanco y negro primitivo se pasa al rojo y al sabor salado de la locura. El viento silba en el silencio, quebrando la ventana de socorro, porque ahora estoy seguro. Now I'm in the subway and I'm looking for the flat...

Das Mystische Exploratorium

Das Mystische Exploratorium

Nehmen Sie Platz im elektrischen Stuhl! Machen Sie sich Ihr eigenes Friedhofswetter mit Blitz, Donner und Regen! Begrüßen Sie Dr. Jekyll in seinem Labor erleben Sie seine Verwandlung zu Mr. Hyde. Können Sie sich selbst die Hand schütteln? Eine echte Herausforderung für alle, die einen Blick auf das Unbekannte riskieren....!

Adresse: Østergade 16 (Strøget).

***

La coherencia (y esto me lo digo a mí mismo, que nadie se sienta aludido) es el disfraz ecológico de los cobardes.

***

Lo mejor que puede pasarme es que mi lado Hyde resista a la visión del mundo de mi lado Jekyll.

En la introducción a la Filosofía de las formas simbólicas, Ernst Cassirer escribe:

Así resulta en este punto un curioso dilema: si nos atenemos a la exigencia de la unidad lógica, la particularidad de cada campo y la peculiaridad de su principio amenazan finalmente con desaparecer en la universalidad de la forma lógica; por el contrario, si nos abandonamos justamente a esta individualidad y permanecemos examinándola, corremos entonces el peligro de perdernos en ella y de ya no encontrar ninguna vía de regreso a lo universal.

Lo mejor que puede pasarme es que mi lado Jekyll resista a la visión del mundo de mi lado Hyde.

***

¡Qué extraño! En el transcurso del banzai/trayecto el haiku/zen se sintió repentinamente indispuesto; lo imposible, de pronto, se quiso posible, se alteró posible, se tornó posible. En los márgenes de la pantalla la mariposa ciberpunk extendió sus alas transformando los rasgos verdaderos de lo cromático, manipulando el mundo o creando (pensando) un mundo nuevo. Al final, el visitante calló desconcertado: la pantalla le mostraba ahora un grupo de signos conocidos que, en cambio, significaban justo lo contrario, un technicolor de tonos asiáticos (¿quizás Bolliwood?) donde el final feliz, una vez más, quedó garantizado.

***

Aunque procuro documentarme (blog is blog and the epistemological argument), siempre acabo convencido de que ciertas formas de delito ya han sido patentadas. Eduardo Mendoza, en la última de El País, a propósito de Jean-Luc Godard:

Un lenguaje es una cosa impalpable, imprecisa, y en definitiva incómoda cuando se pone al servicio de las propias contradicciones y no de las historias ajenas.

Mientras unos abrazan a la diosa fortuna, otros se extinguen como viejos dinosaurios.

Y la evolución continúa.

Hacer, crear, modificar

Hacer, crear, modificar

Cosmic Structure, Don Dixon. Portfolio Images (1995-2000) / 359.

***

Las variaciones o modificaciones que afectan a un mundo en concreto son observadas, puntualmente, tanto por la ciencia como por el arte; en su función cognitiva común (filosofías de la ciencia y del arte, unidas dentro de la epistemología en un proyecto común de filosofía del conocimiento), ambas materias nos ofrecen el resultado asombroso de sus investigaciones. El mundo se asoma, en distintas escalas, a diferentes versiones del mundo, o éstas son reducidas a una única teoría del mundo. You'll Never Walk Alone, de Gerry & Pacemakers, comparte protagonismo con la Sinfonía Heroica de Beethoven y el circulo se abre o se cierra, indistintamente, dependiendo del hacer, del crear, y de múltiples variaciones y modificaciones.

En el caso del artista, la investigación le ha llevado de un estado determinado del mundo a un nuevo estado, o de una interpretación del mundo a una nueva y modificada interpretación. En un momento dado, Jorge Oteiza puntualiza: el espacio ya no es un lugar donde se fija una escultura, sino el sitio que se desaloja, que se hace estatua. El siguiente paso nos mostrará el lugar espiritual de encuentro donde el escultor acierta a revelar, y una versión alternativa de este proceso donde el escultor no llega a alcanzar esa revelación. De igual manera, y como resumen final de los trabajos, encontraremos un mundo donde el espectador puede acertar a descifrarlo todo, y otro mundo donde el espectador no lo consigue. El primer mundo de Oteiza será, desde mucho antes, la masa compacta, lo más denso e imponente del arte primitivo; y todo acabará justo en el lado opuesto, en la desnudez y la desocupación de la materia y del espacio.

Por su parte, la ciencia pasará de un mundo newtoniano donde la gravedad es una fuerza ejercida sobre un cuerpo por otro cuerpo, al mundo de la relatividad general donde ya no se habla de fuerzas, sino de curvaturas del espacio y del tiempo. Con todos los misterios de la naturaleza de la materia, la fuerza y la energía, encajados en el marco estructural del modelo estándar, el científico descubrirá, desazonado, que el modelo estándar no es la respuesta definitiva, y por un momento llegará a pensarse completamente incapaz de dar con el siguiente paso; es decir, de dar con una versión más corregida y más aproximada del mundo. Éstas y otras preocupaciones acabarán desvelando al físico Steven Weinberg, quien sólo encontrará un alivio justificado volcando sus dudas en Pensamientos nocturnos de un físico cuántico. El científico, entonces, llegará a la conclusión de que la versión del mundo reflejada en el modelo estándar arrastra numerosas imperfecciones; y, curiosamente, reconocerá que estas imperfecciones son, por qué no decirlo, imperfecciones estéticas. ¿La verdad?, se preguntará en un momento dado el científico. Los científicos normalmente reconocen la verdad en cuanto la ven; pero la verdad es una cuestión a la que deben dedicarse los filósofos, y si los filósofos no han tenido éxito en definir la verdad es que no han hecho bien su trabajo.

El 23 de mayo pasado, Libro de Notas enlazaba con un artículo de Sebastián Dozo Moreno, publicado en La Nación, donde, en este caso, se critica al científico por determinados juicios filosóficos; ya se sabe: artistas ejerciendo como filósofos, filósofos ejerciendo como científicos, científicos ejerciendo como artistas. Lo más sorprendente, no obstante, es comprobar cómo la idea de Hilary Putnam del fin del sueño de una descripción de lo que realmente existe, del sueño de un método general para mostrar a aquellos que están en lo correcto que están en lo correcto (el sueño de un método universal), y el never mind mind, essence is not essential, and matter doesn’t matter de Nelson Goodman, quedan resumidos en un acertado comentario, firmado por Anomia, que viene a cerrar, de manera inesperada, una versión del mundo repleta de hacedores, creadores y modificadores:

Cualquier realidad es un tejido, cualquier teoría es sólo una hebra. ¿Conociendo una sola hebra se puede reconstruir la imagen del tejido? Creo que es tan vano ser extremadamente relativista como realista.

No conocemos, ni podemos conocer, las realidades, sino versiones de ellas. La versión más aproximada a una realidad es el encuentro coherente de muchas versiones, muchas hebras respecto de esa realidad. No basta ser prudente, es indispensable no ser presuntuoso.

La última versión, la más ajustada, guarda la grandeza de las versiones correctas. Aunque todos esperamos, con impaciencia, la aparición de próximas –y más ajustadas- versiones.

Donde dije digo

Donde dije digo

Alguno de ustedes, al observar este texto colgado de este insignificante blog, habrá pensado, sin duda, que algo no encaja del todo, que este sábado es otro sábado (o debería ser otro) y que principalmente habíamos quedado en otra cosa. Correcto. Pero antes de dar explicaciones, permítanme que les narre una pequeña historia.

Cuenta Louis Menand en El club de los metafísicos cómo se forjaron las ideas que dieron forma al pensamiento y a los comportamientos de la nación más poderosa del planeta. Sí, Menand recorre la biografía de las ideas que revolucionaron la cultura, las leyes, la educación y la política de los Estados Unidos. Yo, personalmente, tengo más prisa por llegar a algunos lugares del libro que a otros; y, por fin, en un capítulo titulado "El hombre de dos mentes", me encuentro con Henry James padre y con los dos hijos de la familia James (William y Henry) que ocuparán más espacio en el futuro. Me detengo ante alguna de las "habilidades" de William James relatadas por Menand que más me llaman la atención. Entenderán enseguida el por qué de hacer un alto en estas "habilidades".

Veamos. Gracias a Menand nos enteramos de que James trabajó la mayor parte de su vida para defender a la vez distintas versiones del mundo –ciencia moderna y fe religiosa, por ejemplo-, que James inventó una filosofía que permite hacer elecciones entre distintas opciones filosóficas, que James en definitiva consideraba la certeza como una muerte moral. James actuaba de manera decisiva –cuenta Menand- y luego, con igual decisión, cambiaba de idea. Pasó de la ciencia a la pintura, de ésta a la ciencia y a la pintura de nuevo (John La Farge inmortalizó a nuestro filósofo ejerciendo como pintor allá por 1859), luego a la química, a la anatomía, a la historia natural y finalmente a la medicina. Los problemas de decisión con la que sería su futura esposa podrían entenderse desde la óptica de un hombre enamorado; pero a la hora de nombrar a uno de sus hijos queda claro que James navegaba en tramas irresolubles. A Francis (que así bautizó al pequeño) a veces lo llamaba John, y cuando tuvo siete años le cambió oficialmente el nombre por el de Alexander. La actitud de William James ante la vida puede resumirse con sus propias palabras: "cada estallido de sentimiento debería ser seguido por la actitud adecuada". "Y él era una persona –concluye Menand- que tenía muchos estallidos. Que a veces estuvieran en conflicto entre sí no disminuía, a su juicio, su obligación de respetarlos".

Hoy, once de junio, no tocaba actualizar, de acuerdo; pero necesitaba cambiar de idea y contarles lo del libro de Menand y las "habilidades" de William James. Supongo que en sábados sucesivos, en el futuro, actualizaremos como siempre y las cosas seguirán como hasta ahora. O puede que todo cambie para no cambiar en absoluto, ¡quién sabe!

Evolución

Evolución

En su último libro, The Ancestor’s Tale, Richard Dawkins cuenta la historia de la evolución a través de un recorrido que, curiosamente, empieza a transitarse hacia atrás, hacia el origen de la vida, un recorrido que comienza con los humanos en lugar de terminar en ellos y que nos lleva, a través de millones de años, hasta el comienzo de nuestra propia historia evolutiva. Alguien, de algún modo, podría pensar que toda la evolución ha estado siempre dirigida hacia la humanidad; pero en la evolución –explica el propio Dawkins- todos somos puntos culminantes contemporáneos (apunta Dawkins: ¡al menos de momento!), y uno podría dirigir su mirada hacia cualquier parte, incluso hacia los canguros, las mariposas o las ranas. La idea de ir hacia atrás le recordó a Dawkins la noción de peregrinación como forma de recurso literario. Un grupo de peregrinos humanos camina hacia atrás para descubrir a sus ancestros y va conociendo en el camino a los peregrinos chimpancés, a los peregrinos gorilas, a los peregrinos orangutanes, etcétera. Al final del viaje, los peregrinos bacterias saludan encantados desde una rama del árbol de la vida y de la ciencia, celebrando con alborozo que todo tiene sentido. También saludan los canguros y las mariposas y las ranas, y todos aquellos que tienen noticias, ahora, de su origen y de su ascendencia.

Como si se tratase de dos peregrinos camino de su origen, Tim y Sue caminan sobre las huellas de dos australopitecus, ancestros de la raza humana, que sugieren un macho y una hembra que sencillamente caminan juntos. Pero no está nada claro que Tim y Sue (me he permitido llamarlos así, dado que se trata de dos esculturas –autorretratos- con las facciones de los propios artistas, Tim Noble & Sue Webster) caminen hacia atrás como en el relato de Dawkins, e incluso Sue Webster ha comentado en alguna ocasión que se trataría más bien de dos supervivientes de un desastre nuclear (es decir, caminarían hacia adelante) y que estaríamos, en todo caso, ante el momento iniciático de una nueva humanidad. La instalación de Tim Noble y Sue Webster (The New Barbarians) ha podido ser contemplada hasta hace unos días en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga, y en ella, dos figuras, desnudas y desprovistas de vello, pasean sin rumbo definido por un escenario blanco e infinito. Las esculturas, hechas de fibra de vidrio y resina translúcida, contemplan lo que les rodea con una mezcla de seriedad y sorpresa muy propia de humanos. La humanidad y lo humano están presentes en el gesto milenario de los juegos de pareja, pero también en atisbos de inquietud y de extrañeza que parecen anunciar la llegada de lo desconocido.

¿Hacia donde caminan, pues, con estos antecedentes, Tim y Sue? Lo dicho: no está nada claro. Las múltiples posibilidades interpretativas nos hacen pensar que, en un momento de su recorrido, en una esquina imprevista o en una ladera de humedad o de niebla, podrían encontrarse con el mismísimo Ludwig Wittgenstein, o con un discípulo aventajado de Ludwig Wittgenstein, y entonces lo desconocido adoptaría la forma sospechosa del misterio o la forma criminal de la absoluta falta de certeza; porque Wittgenstein, entonces (o, si lo prefieren, un discípulo aventajado de Wittgenstein), podría indicarles lo absurdo de su historia y lo dudoso de su propio recorrido, y Tim y Sue estarían ante una necesidad impostergable e inmediata de definición, sucediéndose las preguntas como se suceden los pasos en el camino, concibiendo entre ambos, por cada paso, una nueva pregunta. ¿Somos como dicen que somos, cariño, o ya no es Darwin nuestro verdadero padre? Y Wittgenstein (o el discípulo aventajado de Wittgenstein): ¿vio alguien cómo se producía ese proceso? No. ¿Ha habido alguien que lo haya visto ocurriendo en el presente? No. La evidencia de la reproducción es sólo una gota en un cubo. ¡Menos mal que, al menos, Tim y Sue evitarán en su camino a los defensores del "diseño inteligente" y a los cristianos evangelistas norteamericanos que se oponen con todas sus fuerzas a la teoría darwiniana de la evolución! Menos mal que, al final de su camino, a Tim y a Sue los espera el propio Dawkins (o un discípulo aventajado de Richard Dawkins) para explicarles, con detenimiento, que esto no son más que tonterías y que pueden imaginar, si lo desean, lo del detective que va a la escena del crimen después de que éste se haya cometido (apunta Dawkins: ¡obviamente!) y debe averiguar qué ha pasado observando las pistas que quedan. En la historia de la evolución –les dirá Dawkins- las pistas se cuentan por millones y pueden estar tranquilos; es decir: pueden seguir caminando. Los canguros y las mariposas y las ranas, pueden dormir despreocupados porque su historia, The Ancestor’s Tale , parece cierta; y fueron felices, etcétera, y comieron perdices. No pasa nada con esto –concluirá Dawkins- porque Tim y Sue podrán seguir caminando hasta el centro mismo del problema o hasta uno de sus márgenes, hasta el origen de la vida o hasta el abismo imposible de lo desconocido, hasta perderse en el horizonte o en el fondo de todas las posibles narraciones.

Das Mystische 2.0

Una modificación estética y otra no tan estética; varían formas y colores, pero todo viene a ser lo mismo. No obstante, lo más importante –ahora: a partir de este mismo sábado, Das Mystische se actualizará (si las circunstancias lo permiten) únicamente el primer sábado de cada mes; es decir, pasará de actualizar semanalmente a hacerlo mensualmente. Nos veremos una vez al mes, pero esto no quiere decir que vayamos a vernos menos. Motivos: los de siempre; tiempo y organización del tiempo para nuevas obligaciones y nuevos proyectos. Le debo un artículo a alguno de los sitios que más quiero, y le debo más de un correo (y alguna justificación puntual) a la mayoría de mis mejores amigos. También trabajo en un libro de papel, como en los viejos tiempos. Espero que la velocidad de Blogia me permita utilizar esta herramienta por mucho años (¿nadie ha notado que conectar con este sitio se vuelve, a determinadas horas del día, completamente imposible?), y que no me vea obligado a emigrar y a cambiar de aires. Los enlaces y demás modificaciones se irán añadiendo poco a poco, entre escaqueo y escaqueo. A la pregunta incorrecta responderé como siempre –de un tiempo a esta parte: con la respuesta incorrecta. Y es que cada vez resulta más difícil comportarse como un artista.

El pacto

El pacto

El pacto de no agresión, ¡qué duda cabe!, incluye cláusulas inflexibles de obligado cumplimiento. Tú respetas mi vida privada, por ejemplo, y yo me abstengo de participar en la tuya; o bien: yo procuro no modificar tus estructuras básicas y tú te mantienes al margen. Pero firmar un pacto de no agresión con la Realidad es como firmar un pacto de sangre con el diablo: no parece que las condiciones sean las más apropiadas para que las reglas puedan llegar a cumplirse. Aunque el papel estelar del diablo, en esta película, lo interprete Al Pacino, la traición está asegurada. La Realidad, como Al Pacino, puede bailar un tango a ciegas con una rubia maravillosa, pero la banda sonora de su imagen es una sinfonía devastadora de ruido y de furia.

A pesar de todo ello (o quizá por todo ello), parece confirmarse una proliferación sorprendente de pactos, una suma casi infinita de documentos privados que buscan hacer de la vida un proyecto eminentemente privado. A la Realidad se le exige que ocupe el menor espacio posible en nuestras vidas, que muestre lo mínimo o lo más imprescindible, pero que evite todo espectáculo innecesario. Al grito inconformista de ¡más Realidad!, le sucede ahora una lectura interesada de Principles of Human Knowledge, y una interpretación algo sesgada de la visión epistemológica del obispo de Cloyne. Esse est percipi; es decir, si todo el coro del cielo y los aditamentos de la tierra –todos los cuerpos que componen la poderosa fábrica del universo- no existen fuera de una mente (no existen cuando no los pensamos), la solución a nuestro problema está muy cerca. Basta con no pensar en aquello que nos daña y asunto terminado; basta con no percibir aquello que no tiene otro ser que ser percibido para acabar de una vez por todas con el problema. Que esa parte de la Realidad (que, a partir de ese momento, extirpamos de nuestras vidas) exista o no exista en la mente de un Espíritu Eterno, es asunto que no nos compete en absoluto. Parece que por fin hemos encontrado dónde apoyarnos y eso nos parece suficiente. La Realidad, tarde o temprano, siempre vuelve a la carga, siempre acaba con el pacto, siempre contraataca; pero nosotros, ahora, sabemos a quién encomendarnos.

El intento de refutación del doctor Johnson, por otra parte, carece de toda importancia. Johnson, en compañía de su secretario Boswell, golpea una gran piedra que encuentra en el camino para demostrar a Berkeley la existencia del mundo exterior. Pero Johnson, en el fondo, no está demostrando nada, sino simplemente –como bien señalan las enciclopedias- generando, en su pie, ciertas sensaciones diferentes. Arrinconar la Realidad supone también librarse de su extensión más perjudicial y dañina: la Actualidad; y en este trabajo de acoso y derribo no deben escatimarse los esfuerzos. Azúa, por ejemplo, lleva tiempo dándonos eficaces consejos para librarnos de los políticos (una de las representaciones más sensibles de la Realidad), basándose en su propia experiencia y en sus viajes por las zonas más civilizadas del planeta. Escribe Azúa:

Mi hipótesis es que los ingleses no necesitan a sus políticos para saber lo que deben hacer con sus vidas, cómo han de pensar o cuáles son sus intereses personales. (10-05-2004).

En Italia, país similar al nuestro aunque más inteligente, los políticos hacen su vida, y los civiles, la suya. Procuran no mezclarse nunca. (10-03-2005)

Estos apuntes reflejan el tratamiento debido que merecen también los impostores, los malhechores y demás objetos insignificantes. Cuentan las crónicas que, el mismísimo Jorge Luis Borges, inspirándose en el idealismo subjetivo de Berkeley, nunca supo de la existencia de Diego Armando Maradona.

Ornitóptero

Ornitóptero

Ornitóptero, 1962, Fernando Zóbel.

***

Según Wikipedia, un ornitóptero es un aerodino, es decir, un objeto capaz de mantenerse en el aire haciendo uso de las leyes de la física, un artefacto que obtiene su fuerza sustentadora del movimiento batiente de sus alas, de forma análoga a como lo hacen las aves. Ornithopter resulta "máquina voladora" en inglés, y son célebres los proyectos y descripciones de máquinas de este tipo realizadas por Roger Bacon y Leonardo Da Vinci. En el horizonte de la ciencia ficción, incluso, en todos los mundos del universo Dune, un ornitóptero es un transporte militar manejable y versátil. Un ornitóptero, por tanto, puede ser como un pájaro o como un insecto, aunque a veces se nos muestra, únicamente, como una línea de color o un movimiento.

Cruzando la arquitectura de hierro del Puente de San Pablo hubiera deseado montar a lomos de un ornitóptero y dejar atrás rápidamente esa altura vacía que me provoca tanto vértigo. En el centro del puente, inquieto, cierro los ojos (o eso creo) y ya no los abro hasta llegar al otro lado. Abajo, el Huécar viaja seco, seco de polvo y de sequía, y las hormigas de Putnam continúan arrastrándose con lentitud sobre la arena. Ya sabemos que al final, conforme avanzan, acabarán trazando un retrato de Wiston Churchill que no representa para nada a Wiston Churchill; pero aún desconocemos si el citado retrato acabará en las paredes de un museo de arte abstracto o se perderá, salvado, a lomos de un ornitóptero.

Curiosamente, el único ornitóptero que tengo a mano no puede salvarme del vértigo, porque se trata simplemente de la representación de un ornitóptero. Además, visto de cerca, no logro desentrañar si se trata de un ave, de un artefacto que vuela como un ave, o del simple vuelo de un artefacto que vuela como un ave. Para Tonia Raquejo, Profesora titular de Teoría del Arte de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense, "el título muestra las claras intenciones de no representar a un pájaro en concreto, ni siquiera a una especie zoológica, sino a algo mucho más genérico: a una manera de moverse en el espacio, es decir, al propio acto de volar desmaterializado". Se refiere, claro está, al Ornitóptero de Fernando Zóbel. Aunque para Juan Manuel Bonet, sin embargo, esta pintura, si bien su título puede sugerir la idea de un aparato volador, termina teniendo, en su organización formal, algo de paisaje. Cuenta Juan Manuel Bonet que la experiencia del paisaje, para Zóbel, era siempre la experiencia de un paisaje visto a cien por hora tras el cristal de un automóvil. Si uno tiene esta experiencia presente, o imagina la posibilidad de una experiencia (la caída del puente, por ejemplo) donde la velocidad, por sí sola, hace desaparecer los gestos, está dando vida a su propio y temible ornitóptero. Un ornitóptero, como el de Zóbel, producto del orden y las jeringuillas de la belleza. O un ornitóptero, como el mío, ocupado en abrir y en cerrar los ojos, ahogado por el vértigo en el centro de un puente de hierro, asomado al vacío computador de hormigas, perseguidor, sin más, de ornitópteros.

Zen imposible

Zen imposible

¿Cómo resumir una jornada verdaderamente atípica? Veamos. Andaba yo descojonado, jodido vivo, intentando escapar a la Rueda del Karma, cuando apareció en mi ayuda el filosofo de la ciencia norteamericano Daniel C. Dennet. "La ciencia –me dijo Dennet- sí que posee un punto de vista privilegiado en el camino hacia la verdad; no hagas caso de esas visiones deconstructivistas que plantean lo contrario". Esto me dijo Dennet (eso sí, no sé muy bien si en la pantalla helada del ordenador o en una pesadilla causada por la mala digestión de cierta macedonia de alucinógenos), y también me explicó que bastaba con pulsar la tecla correcta (todo se basaba en un juego computacional) para obtener, efectivamente, la respuesta correcta. Y es que andaba yo descojonado, jodido vivo, y en ese momento trataba de identificar una sensación no por conocida menos desagradable, una extraña mezcla de astenia primaveral e inflamación de huevos que me recordaba ligeramente los mejores días de mi adolescencia. De pronto, tuve como una iluminación, y pensé por un momento que me hallaba ante la clave esperada, desnuda ante mí como una Venus de la sabiduría. ¡Inercia –grité de repente-, se trata de inercia!, y Daniel C. Dennet me aconsejó entonces que leyera a Isaac Newton (cuestión que, por cierto, no se me había pasado por la cabeza) y que intentara, de paso, pulsar la tecla correcta para obtener la respuesta correcta. Como todo el mundo sabe (yo, hasta ese momento, no lo sabía) la Ley de la Inercia explica que todo cuerpo permanece en su estado actual de movimiento, con velocidad uniforme o de reposo, a menos que sobre él actúe una fuerza externa neta o no equilibrada, donde la fuerza neta de la que hablamos sería la suma vectorial de todas las fuerzas que puedan actuar separadamente sobre el cuerpo. Esto explicaría, por ejemplo, que resulte tan peligroso para los astronautas, en el espacio, separarse de la nave sin un cordón que los una a ella, ya que si chocan con algo y salen impulsados, como no actúa ninguna fuerza sobre ellos, seguirán desplazándose uniformemente y separándose de la nave sin posibilidad de volver a ella (a no ser que –como bien informaba mi enciclopedia- tuvieran en ese momento un pequeño impulsor a mano). Aunque, claro –pensé- yo no soy, ni pienso ser en el futuro, un astronauta, por lo que empecé a poner en duda la utilidad de las enseñanzas de Newton, al menos aplicadas a mi caso, y comenzó a poseerme la terrible sensación de que nunca encontraría la tecla correcta que me permitiera obtener la respuesta correcta. Aun así, la palabra que continuaba golpeando en mi cerebro era "inercia", aunque también, en otros momentos, se alternaba con la palabra "exceso", y entonces el ritmo del golpeo, en una tríada peripatética y confusa, podía resumirse como una suma de probabilidades "exceso", "inercia", "exceso", o bien "inercia", "exceso", "inercia". Si Schopenhauer –pensé- había abandonado el concepto de "razón" por esa idea, velada y animal, de "voluntad", es que todo, no obstante, podía ser mucho peor que hasta ahora. Y fue entonces, y sólo entonces, cuando me limité a dejarme caer, ya vencido, en el centro de una habitación destartalada (ya dije que nunca supe bien si estaba ante la pantalla del ordenador o en una pesadilla producida por una compota de alucinógenos), convencido de que todo estaba perdido, ¡TODO ESTABA PERDIDO!, y que resultaba más aconsejable enchufar el aparato de televisión que perder el tiempo y la salud intentando encontrar la tecla correcta de la respuesta correcta, etc., etc., en los libros polvorientos de la filosofía de la ciencia. Cuando finalmente logré incorporarme, y me senté en el centro de la habitación en una postura desconocida que no me resultó del todo incómoda, apareció mi hijo pequeño, pringado hasta las cejas, moqueando como un mono, y con esa cara de loco que, en opinión de su madre, le hace tan gracioso. Mi hijo me miró inquisitivo y se dirigió a mí en su lenguaje enigmático: "zazen, papá, zazen" –dijo el enano-, pero yo no entendía a qué diablos se estaba refiriendo. Sólo cuando se sentó como yo, imitando mi extraña posición, y cerró los ojos como un monstruo invidente, comprendí por fin el mensaje de aquel pequeño sabio. "Zazen", es decir, "sentarse", la postura física del Zen de recogimiento total para la transformación espiritual de la vida. Lo que mi hijo me estaba indicando era que yo necesitaba cambiar de estado, de postura y de criterio para enfrentar la vida. Nada de movimiento o reposo en su sentido habitual, sino más bien un estado nuevo, "vacío" o "nada", de contemplación y meditación, para acabar con aquel maldito estado de "inercia". Como Siddharta Gautama, abandonar la Rueda del Karma: el dolor, y el fin de la carne cansada más el sufrimiento de quien habita esa carne. En aquel mismo instante, por la única puerta de acceso a la habitación que ahora ocupábamos mi hijo y yo, aparecieron tres monjes budistas, o tres figuras que me parecieron, a primera vista, la representación de tres monjes budistas. El primero, sin embargo, tenía un terrible parecido con Julio Cortázar y, cuando por fin se detuvo ante mis ojos se presentó, para mi sorpresa, como Julio Cortázar: "Acabo siempre –me dijo- aludiendo al centro, sin la menor garantía de saber lo que digo; cedo a la trampa fácil de la geometría con que pretenden ordenarse nuestra vida de occidentales: Eje, centro, razón de ser, Omphalos, nombres de la nostalgia indoeuropea. Cuántas palabras, cuántas nomenclaturas para un mismo desconcierto. A veces me convenzo de que la estupidez se llama triángulo, de que ocho por ocho es la locura o un perro". El segundo monje (y esto ya me dejó estupefacto) era mi admirado Ludwig Wittgenstein, quien se sentó a mi lado no sin antes limpiar los mocos, en un gesto imperceptible, de mi pequeño monstruo. Ludwig también se dirigió a mí en estos términos: "Sé que este mundo existe. Que estoy situado en él como mi ojo en su campo visual. Que hay en él algo problemático que llamamos su sentido. Que este sentido no radica en él, sino fuera de él. Que la vida es el mundo. Que mi voluntad es buena o mala. Que bueno y malo dependen, por tanto, de algún modo del sentido de la vida". Ya sin habla, esperé a que el tercer monje se acercara a mí, imaginando que se trataría, para cerrar esta nueva tríada maravillosa, de Daisetz Teitaro Suzuki, o de Kadowaki Kakichi; pero cuál no sería mi sorpresa al descubrir que, el tercer monje, no era sino mi propia mujer que se había pelado al cero y que escondía sus curvas en una hermosa capa de tonos anaranjados. Mi mujer, o aquella novedosa representación de mi mujer, se acercó en silenció portando una enorme carpeta donde se apretujaban, a duras penas, montones de papeles arrugados. Al llegar hasta mí, con mucha delicadeza, puso la carpeta entre mis manos, y se alejó en silencio como había llegado, con su cráneo pelado al cero, su hermosa capa naranja y sus curvas delicadas. Toda la magia del momento se vino abajo, puesto que allí, reunidas sin orden ni concierto, estaban las fuerzas de las que hablaba Newton, esas fuerzas que actúan separada o conjuntamente sobre un cuerpo y que hacen que el astronauta, una vez se produce el choque y sale impulsado, no pueda regresar jamás a la nave. Los extractos de la Caixa, los recibos de la nueva plaza de garaje, los folletos para las vacaciones de verano, la tarifa de la profesora privada de la niña, el precio del Campus de deporte del niño, el chiste de turno de Telefónica, el temario de las oposiciones a funcionario del Ayuntamiento de Madrid, el recibo de la comunidad, la factura del dentista, la factura del taller mecánico, la foto de mi jefe, en pelotas, en una playa nudista, la relación de compromisos con la familia, etc., etc. Llegados a este punto, ya hacía rato que el cabrón de mi hijo me miraba con esa mirada que tanto me recuerda a Jack Nicholson en El resplandor. Mi hijo me miraba, sí, y cuando yo le di la espalda abandonando la habitación, ya derrotado, decidió unir en un sonido a su propio padre, a su eterna mancha de chocolate, y a su mala leche, aunando elementos aparentemente dispares, balbuceando pre-lingüisticamente y despistando a los científicos, para despedirse de mí no sin antes dejar claro cuál será mi movimiento o mi reposo, qué "exceso", qué inflamación de huevos o qué "inercia" me espera en el futuro. Mi hijo abrió la boca y salieron truenos y lluvia de sapos y el fuego del dragón y el eructo de todos los hombres y de todos los tiempos. "Zen imposible, papá –sentenció el enano-, Zen imposible".

Pollock

Pollock

Verdaderamente, ¿cuál es el problema?

- Esto es como una tormenta.

La mirada de Jackson Pollock (Ed Harris) es un juego de vidrios perdidos, de lágrimas huidizas y cansadas, de dardos crispados que se clavan en una diana donde el único drip en acción es el drip destructivo del alcohol. Porque, verdaderamente, ¿cuál es el problema? "Jack the Dripper", como lo denominó en una ocasión la revista Time; pero todavía falta bastante para que Pollock engrase la técnica que le hará mundialmente famoso. Action Painting: pintura en acción. Todavía tiene que mirar a través del cristal, y a través del lienzo, hasta alcanzar los signos que le devolverán momentáneamente a la calma, a una calma (esta vez) momentánea.

El film de Harris se define en esta escena (Pollock y un amigo, completamente borrachos, ante una botella de whisky) y en ese momento mágico en que Pollock, frente a un enorme lienzo en blanco, debe disolver lo real en lo simbólico, en los gestos simbólicos de su propio lenguaje, después de permanecer largo tiempo reflexionando ante el espacio vacío. Cuando, finalmente, se desata la esperada tormenta, todo cobra sentido; y con la síntesis final llega también la calma: un mural de 250 x 60, encargo de Peggy Guggenheim. Terminado el trabajo, expuesto al juicio de todos, ya sólo queda esperar a que se reproduzca la siguiente versión del vértigo, el próximo capítulo, explosivo, de una deconstrucción permanente.

Como explica Nicole Everaert-Desmedt, en La comunicación artística: una interpretación peirceana, se trata sin duda de fuerzas, de la irrupción inesperada y violenta de la primeridad, como la denomina Peirce; ese "primero" que Peirce calificaba de "presente, inmediato, fresco, nuevo, inicial, espontáneo, libre, vivo, consciente y evanescente". La primeridad, para C. S. Peirce, es la categoría de lo posible, es decir, una primeridad sería una calidad de color "rojo", antes de que algo en el universo fuera rojo. Y formaría parte de la primeridad esa concepción del ser en la indistinción de la totalidad (una intuición, una sensación general) que es vivida en una especie de instante intemporal; esa concepción del ser global y total, sin límites ni partes, situada (para nuestra desgracia expresiva) en un terreno preverbal.

Para Nicole, una obra de arte resulta siempre de una tentativa de materializar fuerzas, intensidades virtuales, del orden de la primeridad (es decir, de un territorio todavía no definido), fuerzas e intensidades que los artistas han tratado de sintetizar a través de su trabajo:

Por ejemplo, Paul Klee hablaba del "entremundo"; el fotógrafo Edward Weston quería captar, en sus fotografías de conchas, la "epifanía de la naturaleza"; Oskar Schlemmer, director de teatro de la Bauhaus, decía que quería poner en escena "las fuerzas que engendran lo viviente"; para René Magritte, se trata del "Misterio"; para Yves Klein, de la "energía cósmica", de la "Vida en el estado materia primera", o también de lo "inmaterial"; para Jean Dubuffet, se trata de lo "indiferenciado", etc. El artista tiene la facultad de estar en contacto con la primeridad, como "los niños, los locos, los primitivos", dice Paul Klee. Este contacto no es permanente, sino que se produce en ciertos momentos privilegiados, los momentos de "presencia de la mente", como dice René Magritte.

Pero un contacto permanente –avisa Nicole- llevaría rápidamente a la muerte mental, e incluso física, del artista. Escribe Nicole:

Los artistas han evocado a menudo el vértigo y el miedo provocados por un contacto demasiado intenso o prolongado con la primeridad. Así, Jean Dubuffet habla de su "aspiración a reintegrar el corazón de las cosas, a alcanzar lo indiferenciado"; sin embargo, se mantiene en guardia: dice que se esfuerza por mantenerse "al borde solamente de la pérdida de toda consciencia de ser".

Es cierto que, en la cumbre de su creación artística, una vez descubierto el poder expresivo de la pintura abstracta y su valor subjetivo, Pollock acierta a pronunciar frases como éstas: "Mirar sin prejuicios" o "Yo soy la naturaleza"; pero también es cierto que la tormenta no le abandona en ningún momento, y que Pollock jamás consigue escapar al alcohol, a la depresión, a un cierto descontrol suicida. Viéndole arrastrarse de escena en escena, de drip en drip, de goteo en goteo, dan ganas de aconsejarle que se dedique a las ciencias exactas en lugar de a las artes plásticas. Aunque, claro está, con el antecedente del John Forbes Nash Jr. (Russell Crowe) de Una mente maravillosa, uno no sabe bien a qué carta quedarse. Por último añadir que, la verdadera protagonista de la película de Ed Harris no es otra que Lee Krasner (Marcia Gay Harden), creadora de la obra de arte denominada "Jackson Pollock".

Recuerdo perdido

Recuerdo perdido

Aquí, en las estrellas.

Retorno de las estrellas

Retorno de las estrellas

UNO: PERDIDO EN LAS ESTRELLAS

(A esta discusión llego también (inevitablemente) muy tarde. Al parecer, Google digitalizará los libros de varias grandes bibliotecas de EE UU e Inglaterra. Lo comentaba hace unos días José Antonio Millán en las páginas de El País: en total, 15 millones de libros: los que están en el dominio público serán ofrecidos en su integridad, y de los que tienen copyright vigente se mostrarán fragmentos con permiso de los editores y como vía para vender la obra (como ya venía haciendo Amazon). Pero yo me he enterado de todo por un reportaje de Jesús Ruiz Mantilla publicado también en El País el domingo pasado. Jesús Ruiz Mantilla, ¡cómo no hacerlo!, abre su artículo con una mención a Jorge Luis Borges y a la biblioteca infinita. ¡15 millones de libros! Es decir: el no va más de la galaxia digital indexada; el tópico de la biblioteca infinita elevado a la categoría de algoritmo numérico. A mí, no obstante, lo que más me ha llamado la atención han sido las declaraciones de Jean-Noël Jeanneney, presidente de la Biblioteca Nacional Francesa, y de Jacques Chirac, presidente de la República Francesa. Dice el primero:

"Corremos el riesgo de una dominación aplastante por parte de los EE.UU., que pueden imponer a las próximas generaciones una idea de la definición del mundo".

Y subraya el segundo que lo importante es que exista "un punto de vista europeo" y que el ciudadano no esté obligado a ceñirse "a la omnipresencia de la cultura anglosajona, que tiene tendencia a querer borrar a todas las demás aunque sea corriendo el riesgo de generar una subcultura general".

Inmerso en el estudio de monismos y pluralismos diversos, de visiones y versiones del mundo, conceptos como "una idea de la definición del mundo" o "un punto de vista europeo" no podían faltar en mis apuntes. Por lo demás, las reacciones de autores, editores y libreros pueden considerarse como previsibles. Por un lado (y siguiendo con la versión del mundo de Nelson Goodman) estaríamos ante la idea de conocimiento, entendido éste como la disposición y adquisición de un conjunto de habilidades interdependientes que nos permitan establecer y eliminar hábitos cuando ello sea preciso. Eliminados y establecidos estos hábitos estaríamos, mucho me temo, ante cierta categoría de progreso.

DOS: RETORNO DE LAS ESTRELLAS

Algunos, de regreso de las estrellas, se encuentran con que todo está definitivamente cambiado:

"Pasé toda la tarde en la librería. No había libros en ella; hacía casi medio siglo que no se imprimían. Y yo los esperaba tanto después de los microfilmes en que consistía la biblioteca del Prometeo. No existían. Ya no se podía curiosear en las estanterías, sopesar gruesos tomos en las mano, saborear bien su volumen, que predecía la duración del placer de su lectura. La librería recordaba un laboratorio electrónico. Los libros eran pequeños cristales de contenido acumulado, y se leían con ayuda de un optón. Éste incluso se parecía a un libro, aunque sólo tenía una página entre las tapas. Al tocar esta hoja, aparecían por orden las páginas del texto, una tras otra. Pero, según me dijo el robot vendedor, los optones se usaban muy poco. El público prefería los lectones, que leían en voz alta, y era posible elegir la voz, el ritmo y la modulación preferida. Solamente se imprimían en páginas de plástico, que imitaban el papel, algunas publicaciones científicas de audiencia muy reducida. Por ello pude meter en un bolsillo todas mis compras, aunque se trataba de trescientos títulos. Los libros parecían un puñado de granos cristalinos. Escogí varias obras históricas y sociológicas, algo sobre estadística, demografía y psicología; de esto último, lo que me había recomendado la chica del ADAPT. Algunos manuales más voluminosos de matemáticas, que naturalmente no eran voluminosos por su tamaño, sino por su contenido. El robot que me atendió era él mismo una enciclopedia. Según me dijo, estaba en comunicación directa mediante catálogos electrónicos con todas las obras del mundo. En la librería sólo se encontraban ejemplares únicos de libros, y cuando alguien los necesitaba, el contenido de la obra requerida se fijaba en un pequeño cristal.

Los originales –matrices de cristal- no podían verse: estaban detrás de placas de acero esmaltadas, de color azul pálido. Así pues, el libro se imprimía, por así decirlo, cada vez que alguien lo necesitaba. Habían dejado de existir los problemas de edición, de tirada o de que un libro se agotase. Era realmente un gran éxito. Pero yo lo sentía por los libros. Cuando me enteré de que había tiendas de libros antiguos de papel, las busqué y encontré una. Tuve una decepción: apenas había literatura científica. Novelas, algunos libros para niños y un par de años de viejas revistas."

(Stanislaw Lem, Retorno de las estrellas.)

TRES: SIGNOS BAJO LAS ESTRELLAS

El sábado pasado, inexplicablemente, dejé sin identificar la fotografía que ilustraba Del Mundo y del Todo. Ruego disculpas. La imagen en cuestión lleva por título Deiscrizione, y forma parte de un proyecto del artista italiano Claudio Parmiggiani. Escribe Parmiggiani al respecto de la misma:

"No creo que haya ningún otro mensaje por transmitir aparte del signo, la huella de nuestro paso candente, de lo que somos: cometas. Sólo tenemos como legado nuestra soledad. Avanzamos como ciegos".

La imagen muestra a un escriba con el cuerpo completamente recubierto de ideogramas, símbolos alquímicos y alfabetos exóticos, mientras la tabla que sujeta firmemente permanece en blanco, sorprendentemente vacía, intacta. Se diría que el escriba ha absorbido la totalidad de los signos de su vida, convirtiéndose él mismo en un signo; la superficie habitual de los signos, esa página en blanco que se extiende ante su mirada como un cristal opaco, ya no dice nada. La imagen de Parmiggiani me ha recordado (inevitablemente) a El Hombre Ilustrado de Ray Bradbury. Y su contemplación me ha dejado mucho más tranquilo, como un símbolo colgado, como un signo solitario sumergido bajo estrellas.